Bitácora de la distancia #3: talla M

Nunca fui muy delgada, pero durante mis primeros dieciocho años de vida fui muy deportista. Hubo una época durante la cual pasaba de tres a siete horas al día entrenando y lo disfrutaba como no he disfrutado nunca ninguna otra cosa. Sin buscarlo, mi cuerpo se hizo fuerte y se me marcó el abdomen. Pero, para mí, eso no significaba nada hasta que en un recreo alguien de 5to, dos años mayor que yo, me dijo que se rumoraba que yo tenía cuadritos y me pidió tocar para ver qué tan dura estaba. Y, desde entonces, tuve miedo a ganar peso y perder la definición. 

En los tiempos turbulentos de la migración, al inicio de mi vida universitaria, gané el muy temido peso y, con la pérdida de la definición, perdí autoestima. Pero el dolor en esa época era tanto y venía de lugares tan diversos, que no supe distinguir el que venía de los cambios corporales. No caí en cuenta de lo difícil que me resultaba enfrentar al espejo, hasta que un ex me dijo que tenía brazos de tamalera. Ese día, además de haberme sentido profundamente humillada, entendí el por qué de mi preferencia por las blusas con manga larga. Y, acto seguido, decidí empezar a usar también suéteres y chamarras que me ayudaran a ocultar un poco más. 

Mi peso desde hace cinco años ha aumentado y disminuido varias veces. He tenido épocas de gimnasio y dieta como he tenido épocas de tumbarme y comer pizza. Pero durante todo este tiempo en ningún momento he logrado plena aceptación o amor propio. Simplemente empecé a bloquear todo el dolor procedente de ese sitio. Aprendí a guardar los comentarios de la gente muy en el fondo. Tanto, que apenas puedo escucharlos. Y, aunque las sentencias no se han ido, se quedan solo como murmullos bajitos. 

Hay un pantalón rojo en mi clóset que guardo desde que llegué a vivir a México porque algún día me va a volver a quedar bien. En los últimos sesenta meses lo he utilizado una sola vez, cuando iba a ver alguien a quien le quería gustar. De alguna manera, creí que si lograba que mis piernas se apachurraran dentro de esa tela, sería tan atractiva para él como lo fui para quien me buscó en la escuela para sentir mi abdomen. Recuerdo que pasé media hora embutiendo mi cuerpo en la prenda. Me llevé un pantalón de repuesto por si en algún punto se rompía. Estuve incómoda todo el día y por la noche vi bajo mi ombligo una magulladura causada por el botón que se me clavaba en la piel. Desde entonces no lo he vuelto a usar. 

Aunque no he consagrado mi vida a caber de nuevo ahí, cada vez que abro mi clóset lo miro y me digo que volveré a verme así. Si la talla M ha sido un anhelo constante, ¿por qué no quepo? No quepo porque no es un anhelo mío, sino lo que alguien puso en mi vida. Lo que yo quería era ser licenciada en filosofía y hoy lo soy. Lo que yo quiero es ser escritora y por eso paso la mayoría de mis horas frente al teclado. Pero la talla M no es un objetivo fallido de mi vida: es una imposición que me lleva a intentar ser flaca para que ya no duela. La sensación de asco cuando me veo, no la tendría de no ser por el bombardeo de estereotipos. Nadie tendría que decirme cuánto espacio deben ocupar mis piernas, pero ellos lo dicen y yo acato sus órdenes al conservar el maldito pantalón. 

Hace dos días puse atención a las estrías que me han salido en la cadera por las variaciones de peso. Y entonces supe que mi cuerpo no será nunca el que fue cuando tenía quince años. Porque tengo veintitrés, viví la migración lo mejor que pude, me escondí en blusas manga larga a pesar del calor, compré con pena ropa más grande, me gradué de una carrera que amo, tuve cinco trabajos al mismo tiempo, me tatué, me pinté el pelo, caminé gracias a mis piernas por nuevos lugares y abracé con esos brazos de tamalera a todas las personas que quiero. Mi cuerpo no será nunca el que fue, porque yo tampoco. 

Mientras escribo siento el impulso de decir que me estoy cuidando y hago ejercicio con regularidad. Son tantos los juicios que nos rodean que quiero defenderme incluso de los pensamientos silenciosos de la gente. Y aunque sé que creer que tengo que dar explicaciones sobre mi cuerpo es atroz, a veces me dan ganas darlas.

Yo no te voy a decir a ti qué desayuno, como o ceno durante esta cuarentena. Voy a comer lo que me dé la  gana y no es tu asunto. Porque la vida se puede medir de muchas maneras y yo no quiero medirla en tallas. Lo que sí te digo, es que ese pantalón lo voy a quemar. Porque mañana podré estar gorda o flaca, tonificada o flácida, bonita o fea. No lo sé. Pero sé que no quiero estar intentando entrar en ese pantalón rojo, que es el molde que otros eligieron para mí y yo acepté. Lo voy a quemar porque quiero decir una cosa: ya no me da la gana de aceptar su maldito molde. 

Valeria Farrés

2 Comments

  1. Muchachita bonita tus palabras siempre hace q la piel se me ponga de gallina.. q privilegio (y de verdad así lo siento) haberte conocido en persona y haber podido compartir algunos gratos momentos… eres increíble!!! Yo también guardo algunos pantalones, q por cierto justo ayer los regale… quizás por eso esta historia me llego tan profundo… un abrazo bonita..

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