Cómo ser mujer

Él ha venido a enseñarme cómo ser mujer. Saludó con un tono de voz grave fingido -que aparentemente refuerza la virilidad-  y caminó hacia la sala exhalando en cada respiro solo el aire indispensable para permanecer inflado. 

Tenía los tres botones superiores de la camisa abiertos y los ojos clavados bajo mi cuello. Sucede que si los hombres muestran el pecho y el vello se hacen más hombres, pero si las mujeres lo hacemos somos putas y sucias. Cuando su mirada finalmente llegó a mi cara, mutó de la lujuria a la indignación. Lo mío era una falta de pudor. Lo suyo, acusar de fácil y acosar -en consecuencia- por derecho. 

Él es de los que disfrazan de cordialidad los insultos. De los que creen que cualquier violencia envuelta en buenos modales, deja de serlo. Elevando su voz por encima de todas las que hablaban primero, pronunció una letanía repitiendo una y otra vez -como si rezara el rosario- que las mujeres estamos para acatar. Y nada más. 

Dijo que un padre puede tocar como quiera a su hija, que una mujer no está hecha para puestos corporativos, que aquella que se ha acostado con más de diez merece ser violada, que hay de mujeres a mujeres, que no entiende de qué nos quejamos si nos mantienen, que a veces nos ganamos los golpes, que nosotras solitas nos devaluamos y que las estadísticas de violaciones sexuales no importan porque la mayoría son viejas pobres. 

También dijo que él considera a las mujeres princesas valiosas, salvo contadas excepciones: las que no son ricas, las que no se quedan calladitas, las que deciden qué hacer con su cuerpo, las que marchan, las que no son católicas, las que no son vírgenes, las que están en su equipo de trabajo, las que abren su propia puerta, las que han sido violentadas, las que opinan más de la cuenta, las que no quieren ser madres, las que rayan monumentos, las que usan pañuelo verde, las que usan pañuelo morado, las que son feministas, las que exigen derechos, las que proponen cambios, las que han tenido muchos novios, las que hablan de sexualidad, las que son lesbianas, las que visten como los hombres, las que no se arreglan, las que son gordas, las que dicen groserías, las que son feas… las que no obedecen a su explicación de cómo ser mujer. 

¿Cómo no iba yo a gritar, si sus palabras avanzaron entre todos los presentes sin toparse con resistencia alguna? ¿Cómo no iba yo a explotar si la persona que estaba sentada a su lado sonreía al escucharlo? Lo más aterrador de su discurso, fue que estuvo rodeado por un silencio propio de la aceptación. 

Mis gritos delatan -de eso está él seguro- una terrible radicalidad. Me hacen parte del nazismo moderno que llevamos por bandera las mujeres con cerebros lavados. Soy parte de un grupo de histéricas que predica la agenda oculta de una organización malvada y secreta. Ha debido mandarnos las ideas el diablo. 

¿Cómo no iba yo a llorar, si todos creen que es valioso buscar un punto medio entre mis derechos y sus imposiciones? ¿Cómo no iba yo a largarme, si me encontré de pronto sentada entre sus cómplices que me pedían calma? Lo más doloroso fue que la única persona alterada en la sala era yo. 

Mi llanto delata -de eso están seguros los presentes- una falta de inteligencia emocional detestable. Y eso debe ser señalado con la mayor de las urgencias: “el que se enoja pierde, no puedes tomarlo todo tan personal”. Han confirmado que estoy poseída por el mismísimo demonio.

Como si se hubiese tratado de un diálogo en justicia y mi indignación fuera inexplicable, me miraban perplejos sus amigos. Entonces alguien alegó que mi reacción era absurda: “no te puedes enojar: él te está diciendo qué hacer y tú le estás diciendo qué hacer”. Como si no existiera diferencia alguna entre él diciéndome a mí cómo ser para un hombre y yo diciéndole qué no puede hacerme por ser mujer.

Ese día estuve lejos de cualquier forma eficiente de comunicación. Quise que estallara el mundo y todo lo que dije, lo dije ardiendo de rabia. Eso no me quita la razón. Debieron aislarlo, dejarlo solo con su machismo, negarle el respaldo, repudiar sus ideas, denunciar sus actos, detenerlo o al menos intentar. Pero fue más fácil dejarme sola. Tal vez también más conveniente. Eso tampoco me quita la razón: porque él ha venido a enseñarme cómo ser mujer, pero la mujer aquí soy yo. 

Valeria Farrés

 

Ilustración de El Mundo.

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