Educación y dudas

Mi hermana me preguntó qué es el tiempo y fingí hartazgo para no tener que admitir que desconozco la respuesta. Fue la costumbre, diciéndome que la gente grande sabe cosas. Y el ego empujándome a sentirme autoridad. No quise decirle que no sabía, aunque al acudir a mí ella estaba mostrando que tampoco. 

Llevo apenas unos meses dedicándome a la docencia, conviviendo con adolescentes todos los días y haciendo en mi mente un espacio para ellos. Hace algunos años hubiera dicho que mi objetivo era hacer a la gente cuestionarlo todo sin reservas. Pero yo ya fui alumna de ese tipo de profesores, que revientan las certezas con una calma inquietante y luego se retiran del salón dejándolo a uno solo en la tarea de recoger los pedazos. El dolor que me ocasionó estudiar mi carrera no es algo que esté dispuesta a imponer a quienes no se han apuntado para tal tragedia. 

No es noticia que la filosofía es incómoda, pero no se dice tanto que también puede ser violenta. La pregunta es entonces cómo enseñarla sin lastimar. Cómo hablar del sentido de la vida, de la posibilidad de que no exista tal cosa, sin darle a un muchacho de apenas diecisiete años motivos para la desesperanza. He encontrado un destello de respuesta, en el  no tener respuesta. 

El asunto es, que yo he aprendido un montón en conversaciones casuales. En el diálogo con personas que no tienen la etiqueta de una jerarquía que los coloca por encima de mí. Donde no hay una relación de autoridad todo lo dicho es cuestionable, nada de lo dicho es absoluto y, por lo tanto, las ideas no tienen la carga de lo definitivo. En este formato, la filosofía ha dolido menos. 

Pero si se quisiera trasladar una conversación de café a un salón de clases, tendríamos un montón de inconvenientes derivados de la constitución actual del sistema educativo. Si los profesores se situaran frente a los alumnos en condiciones de plena igualdad, estos podrían oponerse a aprender lo mínimo necesario para obtener los diplomas que requieren. Ojalá tuviésemos un sistema distinto, donde las distintas personalidades y competencias tuvieran más cabida, pero no es el caso. Por ahora, no podemos prescindir de la autoridad del profesor. 

Por otro lado, la autoridad del profesor no tiene por qué encarnarse en las ideas que expone. Eso sería, de hecho, una falacia. Es posible enseñar filosofía sin otorgar a los pensamientos que se transmiten el carácter de verídicos. Y ahí, donde nadie tiene la razón a priori, encontramos un terreno fértil para la educación. El espacio donde la duda está permitida y en lugar de asumirse como ignorancia es aplaudida, tiene un valor. 

La gente joven tiene una tendencia a la curiosidad. Los adolescentes quieren descubrir el mundo y a veces nos empeñamos en ser fronteras infranqueables en lugar de acompañantes de camino. No nos pasa por la cabeza que al darles para todo respuestas definitivas y no dejarles zonas abiertas para la exploración, les quitamos las ganas de seguir buscando. Una de las tareas más difíciles del docente es saber cuándo entregar conocimiento para saciar la duda y cuándo cuestionarlo para no acabar con ella. 

Por lo pronto, poner las ideas siempre en tela de juicio, dejándolos decidir cuándo estas constituyen conocimiento definitivo y cuándo siguen estando antecedidas por el “tal vez” me resulta una buena opción. Y sin embargo, seguimos ante un riesgo: la incertidumbre también puede ocasionar dolor, aunque no sea un enunciado definitivo y absoluto lo que contiene. El asunto de enseñar filosofía sin lastimar, se resuelve un poco ayudando a las personas a recoger los pedazos si en algún punto lo que decimos les revienta una certeza que ellas vivían como lugar seguro.

Valeria Farrés

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