La herida que convertí en olvido

Después de los gritos e insultos sólo recuerdo esquinas y llanto. A mis dieciséis parecía haberlo olvidado todo. Por las noches quería acordarme de su voz y no era capaz de encontrarla. Incluso su cara se veía borrosa en la memoria. Y digo más: si me hubieran mostrado cualquier silueta que no fuera la suya, podría haberla confundido con él.

Me tomó mucho tiempo entender por qué quería tener presente a quien dolía tanto. Eventualmente me di cuenta de que el motivo era mi miedo a admitir que la herida era suficientemente profunda como para necesitar sacarlo de algún modo. Ahora sé que como mi alma no pudo perdonarlo, mi cuerpo lo olvidó. Lo permití yo.

Durante toda mi infancia papá me llamó “Valiente Bonita”. En mi cabeza, eso significaba “mi niña fuerte”. Y de pronto ya no lo era: tenía un corazón cansado, los sueños astillados y en el lugar de mi sombra un dolor inmenso.

¿Cómo le decía a papá, cuando creía que por eso me quería, que ya no era Valiente ni Bonita? ¿Cómo le explicaba que yo no era fuerte? ¿Cómo dejaba que me viera llorar cuando le había jurado no hacerlo nunca por un hombre?

Después de aquella herida trabajé en mi capacidad de apagar los sentimientos. Hice un esfuerzo, desarrollé una estrategia y obtuve resultados. Rompí con la idea de que uno no elige de quién enamorarse y dije orgullosa “yo elijo no hacerlo”. Creí haber logrado controlar la naturaleza, los instintos… el dolor. Ingenuo de mi parte fue pensar que el sencillo gesto de cerrar los ojos constituía un logro.

Un día desperté y ya no podía abrirlos. Descartaba a las personas como cosas. Dejé de ver la humanidad de los cuerpos para pasar a ver carne y conductas que decidía tomar o dejar. He de confesar que, a eso de no sentir nada, le puse por nombre “poder”.

El tiempo me pasaba desapercibido por encima. Estaba orgullosa de ser inmune al mundo. Cuando la gente siente cosas y tú no sientes nada, terminas usándolos. Hice eso. Pero en lugar de llamarlo “jugar con personas” lo llamé “ser racional”. La racionalidad puede convertirse en pragmatismo y el mío era un pragmatismo egoísta.

Mentiría si dijera que ya no soy así. La retórica y la frialdad no han dejado de resultar herramientas eficientes para mis intereses. Pero ya no me enorgullece. Aprendí que si uno no baja jamás la guardia, se queda muy solo. Y hay algo de culpa en esa soledad.

No apuesto por eclipsar la mente con sentimientos, pero tampoco por lo contrario. Apuesto por mí: por volver a entender algo acerca de los abrazos y las manos agarradas, sin dejar de saber cuándo es justo quedarme y cuándo es justo partir.

Porque la herida que él me causó, me hizo olvidarlo. Pero la herida que yo me causé, me hizo olvidarme.

Valeria Farrés

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