“No se aceptan tristes”

“Sonríe aunque estés triste. Sonríe hasta volver a ser feliz”.

Mis redes sociales se han convertido en lluvias de optimismo que me hacen sentir completamente ajena a un mundo en el que todos parecen alegres. Yo acostumbro a permitirme el dolor, a dejármelo en la piel el tiempo que me sea necesario. Yo me niego a ocultarlo, a des-decirlo… a negarle mi voz.

Las buenas vibras y el pensamiento positivo parecen ser hoy la forma más válida de vida. Y a mí sólo me parece una gran mentira pretender que sólo eso somos: un cúmulo de alegría enérgica.

El lugar que yo frecuento para el consuelo es aquel en el que logro ver que el dolor es de todos y que, incluso en la más e profunda de las heridas, no estamos solos. Así que perdóname si me cuesta creer que tras una madrugada de nostalgia dura, tú despiertas mostrando los dientes y dando saltitos… pero es que a mí no me sucede así.  

La idea de la felicidad no me molesta: sólo me da miedo que este constante presumirla sea un síntoma de habernos resignado a aparentarla después de mucho tiempo de búsqueda sin resultados.

¿Estamos dispuestos acaso a destruir los lugares para la tristeza? ¿Dónde nos vamos a refugiar si no es en el otro? ¿Vamos a dejar de hablar con alguien porque se queja y su queja constituye en nuestra imaginación una especie de nube gris que nos quita para siempre la luz del sol?

No porque repitamos “no me duele”, deja de doler. ¿O es que acaso queremos mentirnos a nosotros mismos también?

Nunca he sido una optimista, lo confieso. Pero tampoco una fatalista. Solamente tengo la convicción de que la cura podría encontrarse en dar cause a los ríos de llanto. Y es que yo sí creo que la tristeza requiere ser dicha y recibir abrazos.

Suelen preguntarme por qué escribo siempre de lo triste. He de decir que escribir es mi forma de rehacerme la vida. A mí me gusta tomar mi herida y construir algo con ella. De preferencia algo con forma de refugio que pueda servir a alguien más. Porque se vale a veces no ser fuerte, ni valiente. Se vale decir que duele. Duele tanto que se nos corta la respiración y nos hacemos ovillo en la cama. Duele tanto que apretamos los dientes y los puños como queriendo explotar.

Duele tanto que no queremos, ni podemos, ni debemos sonreír.

Valeria Farrés

Ilustración: Mayra Arvizo

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