Lo que nos falta, lo que nos queda

     La gente encuentra a su alma gemela. Yo, en cambio, encontré la mitad de mi alma. Voy a sonar desquiciada, lo advierto de una vez: encontré la mitad de mi alma en una yegua castaña.
     Tengo su lucero tatuado en la piel y tres años sin verla. Debo confesar, para que haga al menos un poco de sentido este texto, que mi sueño nunca fue ser escritora. ¿Y cómo iba a serlo si yo era feliz? Esto de las letras no es más que un intento por reelaborar la vida y convertirla en algo soportable. Pero los sentimientos de los que escribo, no los conocí a través del papel: los conocí a caballo.
     Puedo jurar que no sé nada de contar historias: sólo sé sentirlas otra vez. Pero si algo he aprendido de eso, es que una sonrisa alcanza para toda la vida. Y que si bien el recuerdo puede no ser el hogar más bonito, es sin duda el más seguro.
Hay vacíos tan vacíos que al expandirse le roban a uno existencia. Por eso le dije a mi yegua, hace tres años, cuando la dejé, “sin ti no soy”. Porque había entendido que eso que llamamos felicidad es frágil a cualquier ausencia significativa. Porque supe entonces, que la memoria me mantendría viva pero no viviendo.
     Este no es uno de esos desamores que hacen latir el corazón a otro ritmo, sino uno de esos en los que el corazón que está latiendo ya no es el mismo. De aquellos que nos obligan a presionar las piernas muy fuerte contra el pecho… como intentando desaparecer.
     La gente que me conoció en aquel entonces vio mis ojos brillar sobre su espalda, me escuchó correr hacia las caballerizas a media noche y me vio amanecer dormida en una esquina de su cuadra.
     Es curioso que quienes me conocen ahora al ver su lucero en mi piel piensan que es un mapa del lugar al que pertenezco… y piensan bien. Porque aquel corcel y yo no nos conocimos: nos habitamos.
     Pensarán que he perdido el sentido sin entender que sólo al sentir lo tengo. Pero, vamos, el entendimiento en esto da igual. Porque no pueden quitarme la libertad: esa la llevo dentro.
     Diré una cosa: la gente demasiado feliz no ha visto suficiente, pero la gente demasiado triste tampoco. Lo que he perdido es aún el motivo de mi felicidad. Haberlo perdido es el de mi tristeza. Fui feliz, luego triste y ahora ambas. Yo no sé si esté bien o mal, pero sé que no pudo ser de otra manera.
       Ya se lo dije a ella: “soy la ausencia tuya que traigo conmigo, mi vieja”. Y no quisiera ser otra cosa. Porque si no somos lo que nos falta, no podríamos ser lo que nos queda.

Valeria Farrés

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