En la punta de los dedos

Un día desperté y noté algo extraño en la punta de mis dedos: me había nacido, justo sobre la piel, una pequeña libertad. Desayuné con la cuchara temblando entre mis manos llenas de cosquillas que no se habían adaptado aún a su nueva habitante. Y poco más tarde, a eso del mediodía, atravesé la sala de la casa con los brazos bien estirados hacia adelante, hasta que mis yemas chocaron contra el teclado como imanes.

De pronto mis ideas y las letras de plástico sonaban al mismo ritmo. Sudé con tinta la rabia que sentía, lloré el dolor en un documento, y lo dejé ir. He aprendido a reconstruir la vida en palabras, a reelaborar las experiencias de forma tal que se puedan sobrevivir. He entendido con el paso del tiempo, que cuando convierto la pérdida en metáfora deja de ser lo que me falta y pasa a ser lo que me queda.

Ella dice “ya basta” cuando yo no puedo emitir los silencios necesarios para sanar. Ella dice “ya sigue” cuando yo siento presión en el pecho ante la sola idea del papel. Ella dice “valió la pena” cuando a la vez que tecleo el punto final, me vuelve el alma a la carne.

La gente suele preguntarme el por qué de mis textos. Es ese: un día desperté, y había nacido en la punta de mis dedos una libertad.

Valeria Farrés

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