Ahora que sé cuánto duele

Ahora que sé cuánto duele, consideraría una vida distinta. Uno empieza el viaje emocionado, convencido de que es lo correcto y sintiéndose listo para cualquier cosa. Uno pisa por primera vez la universidad con aires de superioridad por creer que ha elegido a “la madre de todas las ciencias” y que no puede haber nada mejor que estudiar filosofía.

Y luego un día, en un salón, el corazón late con el sonido de un cristal que toca el suelo. De pronto todo está roto y uno se desangra hacia adentro.

Me he preguntado mil veces si volvería a estudiar esta carrera, con la oculta esperanza de que “nunca sea tarde para volver a empezar”. El problema es que, no tan en el fondo, sé que ya no es posible. Que aquel que ha elegido la duda, nunca se cura de ella.

Este viaje me ha dejado tan jodida, que he empezado a admirar a quienes tienen convicciones, incluso cuando sé que algunas derivan del sesgo. Envidio a la gente que todavía puede ser feliz, porque estoy convencida de que después de tantas interrogantes es imposible.

La respuesta ha demostrado no ser capaz de sanar la pregunta, y yo me paro frente al mundo buscando algo que hacer. Me cuestiono si el doloroso camino al criterio es realmente indispensable. Y más seguido de lo que me gustaría admitir, sospecho que no.

He dejado de mirar con lástima a quienes deciden ser  ignorantes, pensando que tal vez jugaron sus cartas mejor que yo. La estrategia más astuta para no llorar, podría ser no pensar.

Cuestionarse puede ser una condena más dura que no hacerlo. Y yo, en mi fragilidad, salgo de las clases sintiendo una presión fuerte en el pecho y rogando no encontrar en los pasillos unos brazos amigos que me permitan derrumbarme.

A estas alturas del dolor creo que no volvería a elegir esta cabeza, porque las ideas aún no demuestran ser capaces de arreglar el mundo. Este pesimismo, que no hace sino reafirmar una necesidad infinita de motivos para creer, hiere mucho.

Masoquista mental: eso es lo que soy. Llegué aquí creyendo que nuestro aporte consistía en fomentar el pensamiento y ahora sé que tal vez no. Pero aún conociendo la capacidad de daño que tiene poner constantemente a prueba cada una de mis ideas, lo hago. Masoquista mental: eso es lo que soy.

El asunto es que uno se siente en el derecho de imponer preguntas a los demás. Y no es así. Entre nosotros, estudiantes locos enlistados a la guerra de las palabras, podemos hacerlo. Pero con otros no.

Me da miedo decirle a alguien que su argumento no procede, que está diciendo una estupidez y recomendarle libros que le harían trizas la fe. Porque tal vez lo que piensa constituye una parte fundamental de su felicidad. Me da miedo hacer preguntas a quien no las pide, porque nada nos  prepara para perder la esperanza.

Es probablemente una postura arrogante la que asumo cuando me considero capaz de incidir en la mente de los demás. Pero pensar la sola posibilidad, me aleja.

Es por eso que corro y me quito de los caminos. Porque, como bien me dijeron una vez, hablar conmigo solamente genera dudas. Este miedo a importar y ser querida es porque cuando hay amor el otro escucha, y escucharme podría lastimar.

Como aún no sé distinguir cuando es prudente volcar mis pensamientos en la mesa, evito ser la persona que se sienta siempre con alguien a cenar. Sería terrible herir de dudas a quien más quieres.

He decidido escribir cuestiones más literarias que filosóficas porque las novelas roban menos fe que los tratados, y yo no quiero robarle nada a nadie. Estoy buscando un horizonte para mi carrera que no implique tantas lágrimas a quienes lo transiten y no he llegado a ningún resultado.

Muy probablemente no estoy enunciando nada general. Muy probablemente otros estudiantes de filosofía sí saben dónde encontrar la paz. Pero yo no. Y es por miedo a contagiar a alguien de mi incapacidad de conciliar el sueño por las noches, que no suelo dejarme querer.

Estoy asustada. Tiemblo al pensar que tal vez no vale la pena. Si tuviera que medir el costo en lágrimas, aseguraría que no. Estoy asustada y tengo permiso de estarlo, porque para cuidar a los demás tengo que empezar cuidándolos de mí.

Valeria Farrés

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4 Comments

  1. Bienvenida al club de los espíritus rotos… No te preocupes demasiado, eso que sientes no se quita – aprendes a vivir con ello.

    El filósofo que se da cuenta que su rol no es iluminar descubre la verdad de Zaratustra al bajar de la montaña (fuck Nietzsche by the way, no me pego a su antropofobia), si sobrevive (así como tú lo vas a hacer) cambia, él, no los demás, se vuelve más suave más fluido, más poderoso como un río.

    So chill, ya pasaste al momento del anfaegtelse, eso es maravilloso.

    Te quiero.

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