Ceniza caliente: memoria del maltrato

El departamento azul al principio fue paz. Lo recorría la brisa, lo recorrían mis pasos. Ahí él me miraba mientras yo miraba el mar. El departamento azul al principio fue hogar de una unión alegre, bailes nocturnos y lo que parecía amor.

Encontré un hombre herido e hice un pacto con el tiempo para ayudarlo a sanar. Fue mi maldito ego, culpable de aquel complejo de salvadora, el que me alentó a enamorarme de la idea de ser su oasis. Su enojo se enfriaba en mis brazos, y yo me sentía grande.

Hasta que un día ya no. Desde la puerta llegó un olor a rancio, seguido de un “¡perra, sal del cuarto!”. En aquel entonces yo aún era valiente: mirada en alto y un “basta ya”. Pero luego vino la roja gota tibia que nació en mi frente de un golpe, y llegó más clara a mis labios mezclada con sudor. ¿Quién diría que yo acabaría pidiendo perdón? Ya no era valiente.

El dolor parió al miedo y construí escondites. Se me hizo costumbre esperar con las llaves apretadas en la mano e ir a consultorios diciendo que había caído de una escalera en casa aunque, carajo, el departamento azul era de un piso. Su guerra me dejaba en ruinas. Entonces él sacaba del cajón pomada y gasas para sanar las heridas infringidas por sus puños.

Esa vida de vecinos sordos y yo muda, en la que la denuncia nunca fue una posibilidad, duró demasiado. Y por “demasiado” entendamos “hasta que él quiso”.

El departamento azul fue testigo de que ese hombre me hizo arder. Arder en el dolor de los huesos astillados, la piel morada y la cara hinchada. Testigo de que cuando su sangre hervía la mía se helaba.

Él fue fuego y yo madera que se dejó consumir. Debilitándome para alimentar su llama.  Él fue furia y yo quietud absoluta. Agonizante de insuficiencia porque, más que los golpes, dolió el desamor.

Desertó de mí. Tal vez porque ya no quedaba piel clara para magullar. Tal vez porque quería una mujer que diera lucha. Desertó de mí, y entonces yo fui indigna incluso del peor de los hombres. O al menos así lo sentí.  

Él será para siempre ciudadano de mi cuerpo. Él será para siempre pasado presente. La cicatriz que tengo es el rezago eterno de su fuego efímero. Él es polvo pegado a mi piel, condenada a la suciedad perpetua propia de las merecedoras de violencia.

Ahora que él ya no está, el departamento azul sigue habitado por el tormento. Yo, con las maletas ya en la puerta y a punto de partir, pregunto en alto “¿Tú y yo qué somos?”. Me respondo a mí misma, como sólo la gente esclava de la soledad lo hace: “tú y yo somos ceniza caliente”.

Valeria Farrés

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