Entonces escribo

Escribir puede salir caro. Sospecho que el principal motivo es que mis textos suelen ser muy cercanos a mí. Sentimentalismos, opiniones y denuncias; todos llevan mi nombre al final.

No se trata de un desliz: yo elegí firmar. Lo hice siendo consciente de que todo lo que publicara iba a ser directamente relacionado conmigo, y entonces las personas tendrían material de sobra para emitir juicios. Pero está bien: porque las ideas hay que cuestionarlas.

Lo que elegimos mostrar habla de nosotros. Y sí: yo he mostrado mucho. Como nudista mental. He rozado el sincericidio y he sido imprudente. Corro al filo de un abismo, y lo sé:

“¿Qué dirán de una niña que cuenta sobre cuando usó escote?”, “¿Qué dirán de una niña escribe “mierda” y “joder”?”, “¿Qué le va a decir a sus hijos cuando sea mamá?”, “¿Qué va a pasar cuando esos hijos tengan acceso a lo que pensó a los dieciséis?”.

“Imagínate tú que no sólo dice groserías, sino que además las escribe en internet”. “Imagínate tú que habla de sus ex novios en sus textos”. “Imagínate tú que grita sus debilidades a los cuatro vientos”. “Qué falta de sentido común”.

Imagínate tú qué raro ha de ser, en una sociedad de medios y redes, que alguien diga su verdad. Decidí pensar en público corriendo el riesgo del fracaso: debo estar completamente loca.

He logrado manejar el miedo a ser la persona cuyas publicaciones ruedan adjuntas a comentarios sobre mi falta de cordura. No es que no me importe en lo absoluto la aceptación: claro que me da miedo quedarme sola. Es sólo que me da más miedo estar acompañada por callar.

Entonces sí: soy la rara que tiene un blog y lo divulga.

Sé muy bien lo desnuda que he dejado el alma en este espacio virtual. Entiendo que puedo llegar a incomodar. Y estoy advertida de que mis futuros posibles contratistas seguramente me van a googlear.

Conozco los riesgos.

Pero déjenme explicarles: las ideas me importan. La búsqueda, el acierto y el error… me importan. Me gustan las preguntas, y las respuestas a las preguntas, y las preguntas a las respuestas. Disfruto cuando la gente habla, explica, lee, interpreta, escribe… disfruto cuando la gente piensa. Porque disfruto pensar.

En el proceso me he enamorado de ideas y me he despechado al descubrirlas tontas. Me he sentado en mi cama viendo muy fijamente la pared, repitiendo para mis adentros “hay que ser estúpido para pensar lo que pensé”. He aprendido a golpes que pocas veces estoy bien.  

Casi siempre frustra. Me pongo ansiosa cuando no logro formular. Siento cosquillas en los pies cuando quiero escribir algo y no tengo cerca una pluma o un teclado. Lloro cuando un texto no me sale. Pero a veces hallo el sentido en las letras. Y entonces sigo. 

Escribo queriendo que lo tomes personal: te regalo mi nostalgia por si acaso perdiste una igual, te cuento mis anécdotas por si acaso sonríes, te explico qué me duele por si acaso a ti también. Escribo porque estoy, porque estás… y para que estemos.

Las palabras son encuentro: por eso no quiero pensar en susurros ni morir con las ideas guardadas. Y puede que esté loca: pero esta locura se siente como convicción.

Valeria Farrés

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