¿Una frontera o un horizonte?

Cuando escuchan mi acento me preguntan de dónde soy, y cuando contesto que de Venezuela todos quieren opinar. Casi nunca me molesta. Pero el otro día fue un amigo del amigo de mi amiga, o algo así, quien decidió explicarme lo que pasa en mi país. “Yo no creo que los venezolanos tengan motivos para quejarse”.

Le pregunté si había estado en mi país y respondió que no. Le expliqué que los anaqueles están vacíos, no hay medicinas y la ley no vale nada. Me dijo que el pueblo chavista pidió esas condiciones de vida… como si las personas votaran por morirse o que las maten. 

Respiré profundo. “¿Haz visto las noticias?”. Me dijo que es una mentira mediática, que toda la información está manipulada, y que sólo se buscan notas amarillistas. Entonces empecé a perder la paciencia. Respiré otra vez.

Se dio cuenta de mi control tambaleante y me dijo: “el que se enoja pierde”. Al borde de mi poca calma le respondí que, en estos casos, el que no se enoja no lo ha vivido. Luego me fui.

Al día siguiente aún me preguntaba por qué alguien a quien no le afecta la crisis venezolana, ni para bien ni para mal, insistiría tanto en creer que es una mentira mediática la situación inhumana que vive el norte del sur. Me ahogaba en ira.

Empecé a sentir lástima por él, que tal vez al ver un mundo jodido quiere pensar que es mentira para seguir tomándose su cerveza con la mente tranquila. Quiere creer que el hambre es mentira, que las violaciones a los derechos humanos son un invento, que nuestra crisis es una falsa noticia…. que todo está bien.

Pero no es tu creencia lo que otorga realidad a los hechos. Tampoco la mía. Que la crisis no te duela a ti no significa que no exista. Somos responsables de lo que hacemos con lo que creemos y de lo que hacemos con lo que sabemos. Somos responsables de confirmar nuestras fuentes, de investigar nuestros temas y de informarnos bien. Sobre todo si vamos a juzgar como se juzga cuando se acusa de mentiroso a un pueblo que pide ayuda humanitaria.

Tal vez mi hipótesis sobre él es un invento. Pero me llevó a cuestionar cómo nos relacionamos con un mundo que pone tanto ante nuestros ojos con sólo un clic. Me llevó a pensar en cuántos videos de tragedias vemos al día y con qué facilidad los hemos aprendido a ignorar u olvidar

Me pregunto por las personas que, ante la infinidad de información que reciben gracias a la tecnología, han elegido no sentir nada. Me pregunto cuántos ya no se solidarizan con ninguna causa porque viven como ficción lo que ven en pantalla. Me pregunto si seremos capaces de percibir tanto dolor sin que nos rompa.

¿Qué haremos de los medios? ¿Un despertador o un adormecedor de conciencias? ¿Una herramienta para hacer el bien o una herramienta para sentirnos bien? ¿Qué haremos con Facebook? ¿Qué haremos con Twitter? ¿Qué haremos con esto? ¿Una frontera o un horizonte?

Si estuviéramos dispuestos a atender un poco más el dolor ajeno, no negaríamos realidades para evitar sentirnos mal. Ojalá nuestra cerveza con calma nos importara menos que un país sin paz.

Valeria Farrés

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