Y sigue sin gustarme mi nariz

A los diecisiete me operé la nariz y a los diecinueve otra vez. En ambas ocasiones porque no me gustaba. Tenía muy gorda la punta, muy pronunciado el huesito, y se ladeaba hacia la derecha. Los doctores fueron excelentes y las recuperaciones en lo absoluto traumáticas. Pero el asunto aquí es que decidí ir al quirófano por inconformidad, con el pretexto y la esperanza de sentirme mejor conmigo misma.

Sorpresa: sigue sin gustarme mi nariz. Tampoco me gustan mis piernas, porque son “muy gordas”. Tampoco me gusta mi piel, porque no es “sedosa”. Tampoco me gustan mis pies, porque son “feos”. Tampoco me gusta mi torso, porque es “demasiado largo”. Tampoco me gustan mis pechos, porque “están separados”. Tampoco me gustan mis nalgas, porque “parecen la continuación de mis muslos”. Y no: no soy una rareza insegura o depresiva con baja autoestima. Soy en este aspecto, muy probablemente, como tú.

Hay días en los que me veo al espejo y me gusto mucho; incluso sin ropa. Hay otros días en los que me veo al espejo y simplemente no encuentro nada bonito. Me parece normal.  Lo que me jode es pensar que en la calle hay gente que mira al de al lado como si por su apariencia no tuviera derecho a mostrarse en público. Y lo que me jode aún más es pensar que yo he dicho “qué fea niña” o “qué horrible tipo” en incontables ocasiones, no por cuestión de gusto genuino sino por cuestión de estándar comercial.

Los estereotipos nos han herido. Pero más nos hemos herido nosotros al aceptarlos como si de verdades universales se tratase sin cuestionarlos jamás. Hace ya mucho tiempo le cedimos a editoriales de revistas la potestad de elegir en nuestros nombres cómo debemos vernos.

Me tiene harta leer justo debajo de la imagen de una mujer con las estrías photoshopeadas que “me acepte y me ame tal como soy”. Como si decidirlo y lograrlo fueran una misma cosa. Es una realidad que hay personas que se acercan mucho más que otras a lo que entendemos por belleza actualmente. Y, vamos, eso es inevitable. También soy consciente de que existen esfuerzos sinceros por mostrar lo hermoso de la diversidad en espacios que antes eran destinados a lo establecido como perfecto. No busco cambiar la dinámica, porque ni tengo las herramientas ni creo que sustituir lo que nos venden como ideal sea la solución a este asunto.

El punto es que cuando yo salí de mi segunda operación y me vi, no fui la clienta/paciente feliz que esperaba haber sido. Y fue por una razón muy sencilla: el problema no era (ni es) mi nariz: el problema era (y soy) yo. Así que consideré tres posibles “soluciones”:

La primera “solución” fue dejar a un lado la preocupación por mi cuerpo. Entender de forma “sana” que no era esto lo más importante. Aceptar que en vez de hablarme seis hombres en dos días de fiesta, me hablarían dos hombres en seis días de fiesta. En pocas palabras se trataba de “aceptarme como soy”. Pero sabía que a ese cliché le faltaba su segunda parte: amarme. Resulta ser que al descuido y la aceptación los separa una línea muy delgada, y el descuido es una forma de desamor.

La segunda “solución”  fue lograr el cuerpo de mis sueños. Ir al gimnasio, ponerme a dieta, dejar la cerveza. Ver resultados y “sentirme plena”. Dicho en términos reales se trataba de convertirme en un objeto de deseo, hacer del reconocimiento una suerte de amor y entonces poderme querer y aceptar. Pero todo se sostenía en una plenitud imposible.

La tercera “solución” fue encontrar refugio. Estudiando filosofía no me ha faltado escuchar al profesor que “detesta a las personas que cultivan su cuerpo en vez de su mente”. Como si de la una o la otra se tratara. Como si no se pudiera ser inteligente y bonito. La arrogancia intelectual pudo haber sido mi escudo. Pero en mi casa, aunque hay muchos libros, también hay espejos. Y, sorpresa otra vez, se niegan a reflejar mi cerebro.

Esto no es una propuesta de dejadez. Tampoco una justificación para mi abdomen blando. No es una crítica a las modelos delgadas ni a los hombres musculosos. Pienso que cada loco con su tema. Pero, carajo, hagámonos responsables de nuestros temas.

Aunque me tiene sin cuidado lo que hagas con tu cuerpo, y a ti te debería tener sin cuidado lo que haga yo con el mío;  quiero hacer un mínimo esfuerzo por reconocer que estamos influenciados, incluso a niveles psicológicos que no controlamos, por lo que nos han hecho entender que es belleza. Este no es un problema exclusivo del siglo XXI: los seres humanos siempre hemos tenido la necesidad de referentes y reconocimiento. Pero no por que siempre haya sido así deja de ser relevante. Más bien todo lo contrario.

Siempre habrá un estereotipo. Siempre nos dirán a qué aspirar. Pero a ver si de una vez entendemos que estamos siendo una mierda cuando echamos veneno en palabras a quien no se acerca al ideal establecido. A ver si nos damos cuenta de que barrer a alguien con la mirada y poner cara de asco es una falta de respeto e integridad. A ver si nos percatamos de que aunque exigimos en marchas respeto a todas las mujeres, nosotras mismas decimos “mira a esa perra obesa” mientras señalamos a una. La existencia de un estereotipo es inevitable: sencillamente no lo podemos controlar. Pero lo que hagamos con los estereotipos es nuestro problema.

Tras mi búsqueda infructífera de soluciones, he vuelto a recurrir a la conciencia. Esto que quiere decir que me asumo como una persona con inseguridades (y seguridades) y sé cuáles son. Entiendo que siempre me va a preocupar algún “defecto”. Pero es mi deber saber varias cosas: (1) mi criterio de belleza tiene a veces su origen en las revistas, (2) eso no me exime de responsabilizarme por mis juicios, (3) me conviene identificar a qué se debe cada una de mis inseguridades, (4) es prudente evaluar de qué me quiero y puedo ocupar y cuál es la mejor manera de hacerlo, (5) no tengo por qué intentar que la gente piense que me quiero y acepto plenamente, (6) hay en mí necesidad de reconocimiento pero en esta no radica la totalidad del nivel de aceptación y amor que me tengo, (7) es contraproducente decir que algo es por salud cuando en realidad es por estética, o viceversa… podría seguir por horas. Pero lo que yo acabo de enumerar aplica a mi caso y no necesariamente al de todos. Así que les recomiendo dedicarle un rato a pensar qué es lo que deben saber ustedes.

A mí no me sirve de nada repetir en mi cabeza “acéptate y ámate”. Me sirve entender cómo me relaciono con los elementos que afectan mi cuerpo (y mi mente) para así poder establecer el punto de partida de mis acciones. A mí me funcionan las preguntas… Y espero que a ustedes también.

Me operé la nariz dos veces y sigue sin gustarme. Pero ahora sé cómo afrontar las inseguridades que siento cuando veo mis piernas, mi piel, mis pies, mis pechos, y mis nalgas. O al menos en eso estoy.

Pd. No fue dinero tirado a la basura papá.

Valeria Farrés

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2 Comments

  1. Valeria tu eres una de las personas mas autenticas que conozco como adoras a tus perros a tus caballos a tus papas y no te preocupabas por cosas fribolas como tu hermana .
    Cualquier chica conciente de ser y no de parecer, podria admirarte y cualquier chico que no viva para camuflajearse ante los demas y sea autentico y puede enamorarse de un espiritu libre y sin ataduras como lo eres tú.
    Te mandamos besos y deseos de pronta recuperación.
    Helena y Ricardo
    Entrenadores.

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