Rompecabezas de almas

Aún no logro creer que hay gente que es mejor perder. No sé explicar qué me hizo tan apegada ni por qué soy tan entregada, pero siempre digo “te quiero” antes de colgar.

Crecí entre animales domésticos y, de niña, me alteraba la idea de dominarlos y “enseñarles quién mandaba”. Luego aprendí que la palabra “domesticar” no tiene nada que ver con dominio: viene de la palabra domus que, en latín, significa casa. Lo que hacemos con quienes compartimos la vida es convertirlos en hogar.

Hogar es un lugar a donde ir, es un lugar donde estar, es un lugar donde vivir. Y cuando un lugar tiene voluntad, puede cerrarte las puertas. Se llama libertad y a veces duele.

Nos siguen diciendo que generamos dependencias, nos escondemos en rutinas, nos idealizamos y nos lastimamos. Nos siguen diciendo que no somos indispensables y tal vez ni siquiera somos necesarios. No es que no sea verdad: es que no siempre se siente así. Llámalo amor tóxico si te da la gana, pero yo le llamaré amor real. Porque el día que encuentre el amor perfecto sabré que es falso.

Dicen que no es necesario amar para siempre, porque lo importante es amar bien. Dicen que hay que elegir a quién amar. Quedamos algunos locos soñadores que queremos amar para siempre y bien a todos. Pero pasa que nadie habla el mismo idioma y mis “te quiero” no están llenos de lo mismo que los tuyos. No es cuestión de mentiras sino de miradas.

He intentado poner en palabras cómo es que convierto a las personas en mi hogar. Hace dos años, cuando me gradué, escribí en el discurso:

“Vivimos en plural. En ciencia y humanidad, en cuerpo y alma. Estamos hechos los unos de los otros: somos almas rotas y expuestas que se han puesto al alcance de los demás. Vulnerables. Posicionadas para ser heridas una vez más… o para ser sanadas. Vivimos en entrega. Y sí: por eso aquí nos rompimos el alma. Pero aprendimos a sanarla y nos dimos cuenta de que es mejor vivir con un alma llena de cicatrices, que con un alma sola”.

Aquel día escribí algo que creo. Escribí que somos rompecabezas de almas que intercambian sus piezas en un caos constante y se convierten en arte. Que nos perdemos y nos encontramos. Que nos peleamos y nos reconciliamos. Que todos somos sólo humanos.

A mi sí me da miedo estar sola. Tal vez tenga que ver con mi historia, con mis mañas o – si les sirve de excusa para pensar que a ustedes no les pasa- con algún problema de autoestima. Repito: me da miedo estar sola. Y también me da miedo que estés solo.

A veces toca entender que no entendemos. Que si bien la empatía funciona porque son mis pies los que están en tus zapatos, para realmente entender son indispensables tus pies. Yo voy a abrazar la brecha entre tu “te quiero” y el mío aunque no serán nunca lo mismo. Y aunque no nos entendamos, en ese abrazo nos vamos a encontrar.

Porque es verdad: nacemos solos y morimos solos. Pero vivimos juntos.

Valeria Farrés

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