Las Ciudades

Dicen que no soy ni de aquí ni de allá. El asunto de cruzar fronteras es que piensas en ellas, la cuestión de cambiar hogares es que los acumulas, y la ventaja de tener dos países es la gente.

En algún momento decidí que las ciudades son personas. Tal vez fue la frecuente pregunta de por qué amaba un país jodido y ajeno lo que me impulsó a una búsqueda de motivos, que resultó en entender que la tierra y su nombre no son suficiente razón para darlo todo… pero las personas sí. Las ciudades son gente y por eso hay que amarlas.

Mi reloj marca en la madrugada la hora de la melancolía. Tengo la manía de deambular por las calles de noche pisando el acelerador para crear momentos de pausa. Cuando las luces se convierten en rayas y mis ojos no detallan el panorama pienso mejor. En esos momentos entiendo que esa cosa que se difumina a mi alrededor y se convierte en caos, es el escenario de un montón de vidas y libertades que se ponen a bailar y coinciden de pronto.

Alguna vez leí que el mundo no es como lo vemos sino que lo vemos como somos. Mi mundo de hoy lo miro con la mirada que me regaló mi mundo de ayer. Con lo que soy. Lo que hace que la vida no sea en pedazos, sino una sola, es que siempre hay gente. Y la gente es gente en todas partes. Por eso hay que amar las ciudades que dan hogar a tanta vida y lugar a tantas cosas. Esos espacios que acumulan las ideas, los sueños y el dolor de millones personas que con la mirada hacen al mundo motivo de esperanza.

Yo soy gente. De aquí y de allá. Gente que pasa a veces desapercibida y otras vista. Recuerdo en mi infancia visitar México y ver a una niña con un afro bailar y cantar a todo pulmón en un semáforo. En ese momento fui feliz por ella. Ese día me dije que de grande iba a hacer lo mismo. A veces cuando bailo en el tráfico y alguien me ve, sonríe. Otras veces sólo bailo en el tráfico para que vuelva a suceder. Tal vez así me convierta en su historia como la niña del afro se convirtió en la mía. Tal vez así me convierta en un instante que podría escurrirse en el olvido… o no.

Por mi historia se me mezclan las ciudades. Hay días que veo el Ávila en vez de los volcanes, y la Cota Mil en vez del segundo piso de periférico. Tengo la teoría, ya no tan secreta, de que el viejito que toca la trompeta a tres cuadras de mi casa en México, es el primo cuerdo del loco que fingía tocar un piano invisible a tres cuadras de mi colegio en Venezuela. Si pudiera recorrer la telaraña de historias de la humanidad, en algún punto se conectarían.

México en primavera tiene árboles que interrumpen al cielo con sus ramas y echan flores moradas por todas partes. Hace un año, cuando en medio de los días grises encontré color, pensé: “qué bonito araguaney morado”. En realidad los araguaneyes son amarillos y están en Venezuela, no en México. Aquí lo que hay son jacarandas. Pero ¿a quién le importa?

Lo bonito de las cosas y sus nombres, es la mirada de quien los empareja. A veces que alguien le diga a una jacaranda araguaney, es síntoma de una historia aún desconocida. Cuando es de noche y sólo veo luces la Ciudad de México y Caracas se convierten en lo mismo: estrellas caídas que indican que ahí hay una historia siendo parte del caos plural que llamamos mundo.

Hay que amar la vida porque ese árbol de Ciudad de México al que yo le digo araguaney morado está en el parque para todos. Tal vez un día tú encuentres una jacaranda amarilla en Caracas. Ojalá entonces te acuerdes de mi.

Valeria Farrés

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6 Comments

  1. Como todos tus relatos, maravilloso. Pero este en especial, me llegó al alma, porque aunque han pasado muchos años desde que regresé de Italia, una parte de mi sigue allá con su gente, con mi gente y no te imaginas cuántas veces me rio sola por la calle, porque me parece muy normal un araguaney morado… Un gran abrazo!

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  2. Me enrededo entrepitosamente en tus recuerdos encontrados de jacarandas amarillas; justo hoy lo agradezco.
    Tus palabras me animan a seguir desde este lado de tu recuerdo.
    Mil gracias por tanto amor.

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  3. Valeria te viene desde los genes esto de “No soy de aquí no soy de allá”, tu abu, mi papá, el papá de tu papá, lo decía a menudo y con esa melancolía que también has heredado. Para mí que lo escuché desde niña, se volvió como una forma de vida. Veo con mucha simpatía que tu corazón crece tanto como lugares has habitado. Sigue escribiendo, ¡me encanta leerte!

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