El Marqués de Mamá

Amor es la luz que brilla en los ojos de mamá cuando me ve y sonríe.

Tenía dos años cuando me subieron por primera vez a un caballo. Cuentan que mi papá me estaba pasando a los brazos de mi mamá para que ella me acomodara en la silla cuando yo me estiré en el aire y agarré las riendas. Ella me dejó. Tengo pocos recuerdos de mi infancia. Pero el tacto de sus manos sobre las mías mientras escuchaba el “tac tac tac” del trote de su caballo, El Marqués, es sin duda el más claro. Ese trotón galopero nos llevó a las dos en su espalda durante muchos años. Poco a poco ella me fue dando las riendas, hasta que un día pude sola.

Tiempo después me compraron mi primer caballo. Cuando salíamos juntas al conuco a dar la vuelta, ella iba siempre adelante para poder bloquearme el camino  si yo perdía el control. “Espalda derecha”, “talones abajo”, “mirada entre las orejas” eran algunas de las indicaciones que escuchaba a lo largo del trayecto entre el sonido de los pasos. De resto lo que oía era el “buenos días” indispensable que ella le regalaba a cualquiera que nos cruzáramos, seguido de una conversación de no menos de cinco minutos en la que mostraba el más genuino interés por la vida y el bien de quien fuera su interlocutor.

Luego yo me enamoré de una yegua: La Reinita. Meses después fue mi sorpresa de navidad. Había encontrado a mi Marqués en el mundo. El caballo de mi mamá y mi yegua se rascaban la cruz el uno al otro en el potrero cuando los soltábamos juntos y nos llevaban de paseo en completa paz. Un día mi mamá me dijo: “Te voy a enseñar a ser un centauro”. Entonces arrancó al galope, soltó las riendas, abrió los brazos y gritó con toda la felicidad que cabe en una voz. Yo hice lo mismo. Durante mil mañanas recorrimos los lugares más bonitos del mundo a lomos de nuestras almas gemelas, abriendo a ratos los brazos y regresando al mundo en alegres gritos todo el aliento que nos daba.

Un par de años después, en alguna comida, mi mamá dijo a sus amigos en voz alta: “Subimos a Vale a un caballo a los dos años. Yo le enseñé, pero ahora ella me podría enseñar porque ya monta mejor que yo”. No sabía que me cabía tanto orgullo en el pecho. Fue la primera vez que las palabras me abrazaron tan fuerte. El señor que cuidaba a los caballos de la casa se había muerto y yo tenía poco tiempo de estar a cargo. Había aprendido a vacunar, desparasitar, vendar, arrendar.. había aprendido a cuidar.

Pasó un año más y llegó el veintidós de abril del 2011. Ese día bajé a las caballerizas y vi al Marqués echado en el piso. Entré a su cuadra y le pedí que se parara, pero no hizo caso. El caballo castaño de mi mamá tenía un cólico. Lo hice levantarse y caminar, lo inyecté, lo sondeé y le rogué que siguiera vivo. Esa noche murió. Sentí la culpa comerme por dentro. Corrí por Reinita y le abracé el cuello convencida de que ella entendía todo. Lloré con ella y le dije que nos teníamos que ir a despedir, pero no logré nunca reunir la fuerza. Mientras tanto mamá estaba al pie del cañón. Al borde de la vida con su caballo. A la mañana siguiente escuché a dos trabajadores hablar en el patio de lo larga que había sido la noche enterrándolo, y en medio del dolor más profundo me dio un poco de calma saber que su cuerpo se convertiría en la tierra de nuestras colinas.

No sabía cómo curarle el corazón a mi mamá. Ella sentía por ese caballo lo mismo que yo por mi yegua. Ella había puesto su mundo en mis manos y yo lo había dejado caer. “Yo estaba a cargo, yo estaba a cargo, yo estaba cargo”. No se me ocurría nada. Fui a buscar la caja de fotos en el estudio y las revolví hasta encontrar todas en las que aparecía el caballo con lucero en forma de diamante. Luego las metí en un sobre para llevárselas. Subí las escaleras y entré con todo el silencio que pude a su cuarto para ponerlo sobre el tocador. Mi mamá no estaba dormida…sólo tenía los ojos cerrados. Abrió los brazos, como los centauros, y la abracé. Me dijo: “¿Te acuerdas cuando éramos centauros? Ahora Marqués quien abrió sus alas como nosotras y se convirtió en pegaso. Está con el señor de los caballos galopando en el cielo ”.

Juré entonces no olvidar. Ese día aprendí a vivir del recuerdo.Ese día se convirtió en el número que me indica cada mes que tengo que estar muy viva para sentirlo todo. Juré ser con el mundo cada veintidós un centauro: uno sólo. Mi mamá le guarda luto a su caballo. No ha vuelto a abrir los brazos al galope y, honestamente, dudo que lo haga. Pero me pidió a mi que no dejara de montar. “Es tu pasión, Valeria, no hagas tonterías”. A veces pienso, que antes de irse el trotón galopero le dijo en secreto que en el cielo se iban a reencontrar y es por eso que está tranquila sin salir al conuco, esperando el día que vuelva a ver a su Marqués. Ella no necesita otra alma gemela. Sólo tiene a la suya un poco lejos.

A los trece empecé a competir. Mi mamá se ponía nerviosa cada vez que el caballo saltaba. Entonces en medio vuelo yo pensaba en ella. Un día le dije que prefería que no me viera. Que me ponía nerviosa que ella se pusiera nerviosa, y entonces dejó de ir. Me dio las riendas por completo y cerró los ojos. Yo llegaba a la casa a contarle cómo me había ido y ella se emocionaba, pero respetaba mi espacio. Hace poco escribí: “Ama a quien ame tu libertad”. Estaba pensando en mi mamá, que me enseñó a agarrar las riendas… y a soltarlas.

La cuestión de los caballos en mi vida es que son sentido. Un sentido que encontré a los dos años volando entre los brazos de mis papás y tomando en el aire las riendas que un día iba a soltar. Amor es la luz que brilla en los ojos de mamá cuando me ve, toma conmigo las riendas, me las da y me enseña a soltarlas. Amor es la luz que brilla en los ojos de mamá cuando no necesita estar en el caballo: necesita que yo esté. Cuando es mi mamá y sonríe.

La vida es como montar al Marqués. Necesitas que te lo den, que te acompañen, ser un centauro, ser uno mismo, sentirte libre, ver el mundo, estar a cargo y luego dejarlo ir para poder volverlo a encontrar.

La vida se trata de montar al Marqués como mamá.

Valeria Farrés

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