Hermano terrorista:

No entiendo lo que haces. Mucho menos lo acepto.
“Los terroristas quieren aterrar a muchos matando a pocos”. Yo soy parte de esos muchos. Misión cumplida: siento terror. Por mi muerte y por mi vida. Me da miedo que me mates. Me da miedo que me quites a quienes amo. Me da miedo vivir en este mundo. Y lo que más miedo me da, es tenerte miedo. Para pelear se necesitan dos y yo no quiero pelear contigo. Si tener miedo es dejarte ganar, tú ganas. Pero no ganas una guerra contra mi… yo paso. Yo no soy soldado de nadie… mucho menos de Dios. Porque honestamente, creo que nuestro Dios, el tuyo y el mío, tiene hijos… no guerreros. Porque si me matas, le matas un hijo a tu Alá que también es mío.

Tengo miedo: el miedo que tú tuviste para darme. Creo que no hay gente mala, sino herida. Elijo pensar que infundes un miedo que conoces. Que tú, como yo o mejor, sabes lo que se siente. Elijo creer que tú el califa Ibrahim, y tú el soldado con nombre que conocerá el mundo sólo cuando te inmoles; han estado aterrados. Alguna vez fueron niños y lloraron vulnerables en el regazo de mamá, alguna vez fueron huérfanos, alguna vez fueron golpeados o violados, alguna vez vieron morir a sus hijos, alguna vieron incinerar a sus esposas… alguna vez sufrieron hasta no querer estar vivos. Quiero creer que el dolor de otro se hizo su odio, que te dio tu dolor que se hizo tu odio, que se hizo el dolor de alguien más, y siguió así la vida sin que te detuviera nunca un abrazo.

Pienso en ti, que estás matando. Me duele. Siento una punzada de rabia y quiero odiarte. Pero a mi mamá me da un abrazo, y papá me sonríe. Pienso en ti, que eras un niño. Me dueles. Siento una punzada en los ojos que se convierte en llanto. Pienso en mi, que podría por lo fácil odiar. Pero me enseñaste con tus bombas que veo desde lejos, a no dejar que tu odio se haga mi dolor y luego mi odio. Me enseñaste a correr al abrazo y no inmolarme. Es difícil: pero quiero amarte.

Perdonar es amar muchísimo, y para serte sincera me cuesta. No es fácil abrazar a quien apunta un arma hacia mi frente. ¿Es necesario que pidas perdón para que te perdone? No lo sé. Pero si no puedo perdonarte a ti por ti, nos perdono a nosotros por nosotros. A nosotros la humanidad. Nos perdono por matarnos y odiarnos. Y quiero que sepas que seguimos vivos, porque amamos más. Tú puedes darme la muerte porque tienes el odio… yo puedo darte la vida porque tengo el amor. Tú armas, yo abrazos.

Perdón por llamarte inhumano. Por creer que tu dolor y tu odio te hacen menos persona, menos digno o menos valioso. Me equivoqué. No supe ver tu historia, y me pareció fácil juzgar el resultado que muestras con tus actos. No quise tener que hacer el esfuerzo de compadecerte yo a ti, que eres como yo, y preferí la rabia y el odio que me dio el dolor que me causaste… como alguna vez lo hiciste tú.

Te hemos pedido que cambies. Que mires en los ojos de quien matas tu mirada. Que tengas compasión. Te hemos dicho que veas cómo el califa te manda a morir y él no muere, que te des cuenta de que están haciendo dinero con tu dolor… que nos entiendas aunque no te entendemos. Hoy, intentando entenderte aunque rechazando lo que haces, te reconozco como lo que eres: mi hermano. Alguien tiene que empezar. Por eso, aún si no me reconoces tú como lo mismo… yo quiero que vivas.

Valeria Farrés

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