Perdón, soldado.

Ojalá un mundo sin guerra. Pero no es el caso. Lo cierto, es que elegimos. El presidente que ordena, el soldado que acata y el pueblo que aplaude; el que empieza y el que sigue; el que mata y el que calla… hacer la guerra.

Las banderas se han convertido en vendas para tapar los ojos, y capas izadas de superhéroes supuestamente merecedores de himnos. Pero cuando cae la noche y nos arropamos con ellas, se llevan el frío pero no las pesadillas de posguerra. Los peores sueños feos se llaman recuerdos.

Ojalá un mundo sin crueldad. Pero no es el caso. Lo cierto, es que la guerra es un negocio que pone fe, honor y creencias por excusa. Que odio y rencor son tan humanos como amor y bondad. Y que, paz ¿para qué te quiero? si tengo una cuenta bancaria por llenar.

Hemos puesto nuestra calma sobre los hombros de quien nos debe prestar lealtad, porque su miserable salario sale de nuestros impuestos. Una calma que no habríamos necesitado si no fuera por la ambición de unos cuantos o la violencia adquirida de otros pocos. Porque si bien es cierto que en el mundo hay locuras enfermas que se inmolan de repente, también lo es que hay locuras aún más enfermas que callan siempre.

Ojalá un mundo sin miedo. Pero no es el caso. Lo cierto, es que tenemos ejércitos uniformados que reciben sueldos por aprender a matar. Que no sólo compramos tanques, sino también vidas que estamos dispuestos a poner en primera línea para que terminen de un plomazo. Y es que dice el presidente, que el mundo es el enemigo y la pólvora la salvación.

Ojalá un mundo mejor. Pero no es el caso. Lo cierto, es que llamamos a la paz utopía y no la buscamos. Que justificamos guerras y dejamos a nuestros amigos, padres, hijos, hermanos… humanos al fin; marchar con sus botas negras a matar a los amigos, padres, hijos, hermanos… humanos al fin, de alguien más. Que pedimos no-violencia a gritos algunas veces, y otras callamos porque nos conviene.

Perdón, soldado. Por hacerte morir mil veces cuando matas. Por robarte el miedo. Por engañarte, pagarte y quitarte el hogar. Por matarte la paz. Por hacer de tu barbarie un trabajo. Por cuando te entiendo y por cuando no. Por hacerte creer que hay quien merece tus balas. Por depravarte el alma. Por colgar de tus manos la vida de tu igual y venerarte después. Por hacerte una máquina de matar… matar para vivir. Y por pedirte que no duela.

Perdón, soldado. Porque aunque gracias por querer cuidarme el cuerpo, perdón por no cuidarte yo a ti el alma. Porque qué fácil para mi mandar bombas a explotar donde no las escuche. Porque qué sencillo lanzarte una moneda cuando a falta de extremidades te vuelves desempleado y vagas por las calles.

Perdón, soldado. Por decirte que fue por la patria. Por hacerte creer que mejor muerto por honor que vivo por ganas. Por ponerte a ti en la guerra y por poner la guerra en ti. Por dignificar tu uniforme. Por hacer de una maldita bandera un motivo para morir o matar. Por dejarte ir en primer lugar, y por aplaudirte en segundo. Perdón por la mirada del niño que fusilaste, puesta en los ojos de tus hijos. Perdón por creer en lo que haces.

Perdón, soldado: por llamarte héroe.

 

Valeria Farrés

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2 Comments

  1. Me gusta que la guerra es culpa de todos, que de las balas tienen culpa también los soldados que las disparan, también nosotros que pedimos por la patria. ¿Pensabas en México o en Venezuela?

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