Valiente Bonita

 

Hace no tanto tiempo, alguien me preguntó: “¿quién ha sido la persona a la que más te ha dolido perder?”. Sin pensarlo, le respondí: “a mi”. Cuando me escuché decir eso en voz alta, apresuré una sonrisa. Y no más.

Siempre he vivido con un pie puesto en los días ya tachados del calendario. Desde niña paso noches en vela viajando hacia atrás, porque recordar es vivir. Me gustaba la manera de sentir distinto cada día lo mismo. De sonreír y llorar a la misma memoria, se me iban las noches. Y luego, de repente, escribía algo y lo traspapelaba pronto. Al final del día, no importaba lo que escribía, sino que lo había escrito.

Valiente Bonita. Así me decía mi papá. Siempre sentí que llenaba el nombre, que no me faltaba nada. Ni para ser Valiente, ni para ser Bonita. Valiente Bonita veía a su alrededor y permitía que el mundo entrara. Porque el mundo no tiene que descubrir a los escritores… los escritores tienen que descubrir al mundo. Se levantaba todas las mañanas dispuesta a ver a los ojos, a saborear almas, a astillarse con algún sueño roto… a vivir. Y Valiente Bonita era feliz.

Luego dolió mucho y dolió tanto. El mundo se le hizo más cruel, y ella lo dejó entrar, pensando: “si duele es porque estoy viva”. Y lo único que quería que la matara eran las ganas de vivir. Fueron adioses y adioses. Hasta de la esperanza tocó despedirse. Y la pasión por la vida no se iba.

Un día subí a un avión. Tal vez dejé a Valiente Bonita en la sala de espera. Tal vez ella sí se atrevió a quedarse a la fuerza en el lugar que amábamos. Estaba muy distraída llorando, como para darme cuenta de que no venía conmigo. Estaba muy distraída dejando doler al mundo, como para perseguirla una vez más.

Cuando traía la fe puesta, casi no se me notaba que había dejado el alma en casa. Pero a veces la fe estaba sucia, y no me la ponía. A veces el día no me dejaba creer. Y el mundo se seguía haciendo sentir.

Renuncié a mi. Estuve dispuesta a cambiarlo todo. Publiqué en Twitter: “Se vale perder el sentido de vez en cuando”. Y no sólo se valía: se tenía que valer porque yo ya lo había perdido. Respondí la pregunta “¿qué haces?” con un “sobreviviendo” en más ocasiones de las que quiero recordar. Demasiadas veces quise olvidar, sabiendo que el olvido es para idiotas. Habiéndolo dicho toda la vida. Creyendo en el recuerdo como sostén de la sonrisa. Demasiadas veces quise olvidar.

La misma persona que me dijo que le gustaba que me veía “fuerte y sana” se fue tan rápido como llegó. En dos días se hizo felicidad, y en tres tristeza. Tal vez Valiente Bonita también se le escapó del panorama. Y partió, mientras yo me repetía “amar con cautela es amar mal” a la vez que amaba con miedo. Partió y partí.

Mientas tanto, busqué muchas tardes al mimo que me hacía sonreír en los semáforos. Cada vez que bajaba la ventana para darle una moneda, me decía “ya no llores”. Y entonces yo me reía de mi. Veía que dos niños pedían limosna descalzos en el carril de sentido contrario. Veía que a mi izquierda un hombre sin piernas vendía periódicos tirado en una acera. Veía que mi mimo no llevaba la sonrisa bien puesta, sino pintada. Y me veía los ojos aguados en el retrovisor del carro que utilizaba para ir desde mi universidad privada hasta mi casa segura. Y entonces yo me reía de mi.

Se me desordenaba la vida. Cuando sentía que ya no podía más… podía. ¿Dónde está Valiente? ¿Dónde está Bonita? Buscando el camino de vuelta a mí, me alejaba más. Entre textos sin final y emociones sin principio, me precipitaba al precipicio de no querer sentir. Porque, carajo, este dolor no me gustaba. Porque, carajo, esta felicidad tampoco.

Luego me doy cuenta de que sólo es recuerdo hecho a la medida. Y es que me han dolido muchos meses, y es mejor sonreír al recordar años pasados, que no sonreír. Veo que la mierda que le veo al mundo, siempre ha estado. Que sé vivir con dolor, y ser feliz al mismo tiempo. Que se vale extrañar el sonido de nuestra propia risa, y reírnos de nuestro dolor para no dejar pasar el chance.

Nada será en vano. Porque vivir rápido no es vivir más. Correr hacia el futuro no tiene caso si se olvida. Está bien no dejar ir la vida: es la única que tengo. Y que mi cachorra tenga el nombre de la ciudad en la que dejé mi alma, es el mejor recordatorio de que la sigo amando. Mis cicatrices son porque me caí, porque me dolió y porque logré sanar. Y porque todos los días que pase en el mundo, el mundo pasará por mí. Sí: a veces me pierdo a mí misma…  porque otras veces me tengo.

Es verdad. A veces me miro al espejo y no me gusta lo que veo; otras veo lo que escribo y no me gusta lo que leo. No siempre amo lo que siento; no siempre amo lo que vivo. Pero me miro. Pero me leo. Pero siento. Pero vivo. Y por eso soy Valiente Bonita.

Así me dice mi papá.

Valeria Farrés

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2 Comments

  1. Vale, mi niña, lo he leido y releido, me dolió leerlo, pero me gustó el dolor. Lágrimas de qué brotaron de mis ojos? Aun no lo se decir, pero robándole ese bello nombre a tu padre, qué bello lo que sientes y escribes Valiente Bonita. TQM

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