Un pincel, una locura (Monólogo de una muñeca de Reverón)

 

Él tenía un pincel. Un pincel, una locura y presión sobre la panza. Lo recuerdo. “Quítate que lo tapas” me decía cuando olvidaba por la mañana quitar mi cosido cuerpo de la butaca de la ventana.
Mi caraqueño azul, mi caraqueño sensual de mirada profunda y lienzos escondidos. Mi aventurero exafrancesado que estaba harto de las voces. Quería rocas, tierras, luces… quería blanco. Las voces silenciosas lo perseguían, las de los de monótona alma. Los que hablaban de él, los que lo juzgaron en azul, los que no callaban. Lo hicieron ir al mar, lo postraron ante un horizonte libre de juicios. Un horizonte. Yo esperaba inmóvil, como siempre, como suya… esperaba a que llegara su calma. Tras el ocaso mi demente maestro daba un respiro. Cerraba la cortina tras horas de tortura luminosa, tras horas de blanco. Soltaba el pincel, se desapretaba la barriga…y seguía loco.
Yo lo vi llorar, lo vi crear, lo vi ser. Recuerdos azules… todos menos Juanita eran un sabor amargo en la punta de la lengua. Lo que lo hicieron hacer ¿Para qué? Lo que lo hicieron pensar ¿Para qué? Lo que lo hicieron ser ¿Para qué? Yo lo vi hablar conmigo, lo vi hablar con las demás. Suplicarnos una respuesta que nunca pudimos darle con nuestros labios de trapo. Se contesta solo al final. Él, harto de la maldita falsa cordura, creyendo que los juicios de los recuerdos de azul estaban en el sol… el sol que le arrebató la cabeza.
Un pincel, una locura y presión sobre la panza. “La Cueva” era tan lejana como Bellas Artes y España, “La Fiesta de Caraballeda” era un coleto en un rincón del Castillete… y así llegó sepia. Mientras se agarraba la cabeza, se tapaba los ojos, los volvía a abrir. Se alejaba y se acercaba de la ventana, se esforzaba por soportar cada rayito de sol en las retinas, gemía y finalmente creaba. Lo vi. Los barrotes que las expectativas construyeron a su alrededor, sus cadenas blancas de recuerdos, sus luces y sus tierras. Un pincel sepia, una locura sepia y presión sobre la panza. Murió. Murió con una soledad sepia que lo hizo libre.
Valeria Farrés

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