Adiós Caracas

No dormí en toda la noche. Me quedé sentada en mi cama, envuelta en mi edredón rojo, viendo la ciudad por la ventana. Sentía el impulso de gritar “¡ADIÓS CARACAAAS!”… pero no lo hice. El reloj marcó las tres de la mañana, sentí una punzada en el pecho y salí del cuarto sin mirar atrás. Crucé la biblioteca, llegué hasta la puerta del cuarto de mis papás y me tumbé en el suelo a esperar. En menos de treinta segundos mi papá había abierto la puerta y se dirigía hacia las escaleras. Salimos juntos de la casa que yo elegí llamar hogar.

El camino al aeropuerto fue silencioso. Mi ciudad estaba dormida y parecía, como siempre, un recuerdo estático en el tiempo. Una vez más, imaginé la capital de mi país como sucursal del cielo e intenté alejar de mi mente toda la evidencia de que Caracas se había convertido en sede del infierno. El rugir de un arma, no tan a lo lejos, no me inmutó. Un muerto más, para esta ciudad cementerio. Sonó en mi memoria la canción de La Vida Boheme “Cementerio del este”, que relata cómo los cementerios se irán extendiendo hasta dejar Caracas sepulcrada bajo las tumbas de sus habitantes.

Poco antes de llegar al aeropuerto vi el nombre de mi ciudad en un letrero verde con una señal de retorno al lado. “Adiós letrero”, me dije a mí misma recordando a Domingo, mi profesor ya ausente, que escribió un cuento así titulado. Una lágrima se me escapó, volteé la mirada hacia mi papá y acto seguido sequé el agua tibia y salada de mi rostro. Yo era su niña fuerte, yo no quería la lástima de nadie. Decidí retrasar un poco más el llanto.

Apenas llegamos me bajé rápido de la camioneta. Me apresuré a sacar mis maletas, y luego entré. Tras cruzar el umbral de la puerta de cristal miré a mis espaldas y vi a mi papá yéndose hacia el estacionamiento. El aeropuerto de Maiquetía tiene una obra que abarca una pared y todo el piso. La gente, cuando emigra, toma fotos de sus pies sobre este. No lo hice. Prefería pensar que no emigraba de mi Venezuela, que pronto iba a volver.

En la fila de documentación me puse a pasar fotos en mi celular. Vi a todos mis muertos, de quienes no me despedí. Y vi a todos mis vivos, de quienes tampoco. Lloré. Aguanté las miradas morbosas de los pocos viajeros que había en el recinto, y alcancé a calmarme antes de que llegara mi papá. Documenté mis maletas, y cuando tuve que entrar a la zona de las salas de espera lo único que salió de mi boca fue “chao papi, te quiero”.

Ya en el avión, mientras las aeromozas dirigían el final del abordaje, publiqué un tweet: “Los despegues me aterrizan”. Me quedé dormida justo antes de despegar. Tal vez es por eso que sigo soñando que mi realidad de hoy es mentira, que sigo creyendo que volveré pronto, y que sigo buscando en internet boletos de vuelta. Tal vez es por eso que me extraña no despertar en mi edredón rojo, que busco el Ávila en todo horizonte y que le tengo fe a una ciudad suicida.

Hace no muchos días publiqué otro tweet: “Hay un lugar que yo llamo hogar: está lejos”.

Valeria Farrés

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3 Comments

  1. Lloro, pero no importa, yo lloro casi siempre. Lo que casi nunca hago es hacerlo cuando recuerdo a alguien. Me faltas. Espero que sepas que te adoro.

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