Por unas horas dejé de pensar

Por unas horas dejé de pensar. Grité mucho. Seguí el cauce de un río en el que yo mismo había decidido sumergirme. Por unas horas dejé de pensar. Levanté mi pancarta y me contagié del hermoso sentimiento, de aquello que creí era unión. Me dejé llevar por esa corriente sin freno, leí las frases que me habían llevado a la plaza, oí discursos esperanzadores y fui uno más. Por unas horas dejé de pensar. Fui un romántico, un enamorado de mis calles, un soñador pueblerino, una rebelde oveja maleable, un títere del realista, un luchador a ojos ignorantes… un satisfecho conformado con creerse inconforme. Estuve en el asfalto que a fin de cuentas era el redil creado para la ilusa multitud que cree que tiene ideas y actos libres (resulta ser que el pastor necesita un rebaño y el rebaño necesita un pastor) Política: ¿un mal necesario?

La noche anterior yo no sabía qué querer. Mi desesperanza fue mi debilidad. La noche anterior tampoco sabía qué creer. Y esas ideas ausentes me arrebataron el orden. No dominé mi alma. La frustración pasó a desesperación y mis actos comenzaron a descontrolarse. Salí de la casa, como todos salían; marché como todos marchaban. Y fue entonces cuando creí que luchaba. Volví a ser el niño que admira a sus héroes a toda costa, y me disfracé de superman. Un problema: superman no existe. Por unas horas sentí sin pensar. Por unas horas creí sin pensar. Sólo la soledad me devolvería la razón, que a decir verdad, poco deseaba.

Fue como estar enamorado. Una ciega caminata, por una encantadora ciudad, atravesando deliciosos minutos… sintiendo. Sintiendo de la mano de una mujer cuya perfección es una ilusión causada por la reacción química que ocurre en el cerebro cuando uno se enamora. Una mujer llamada libertad. Las banderas de la “libertad”, las pancartas de la “libertad”, los gritos de la ‘’libertad’’… mi supuesta libertad se convirtió en pasión y los hombres son esclavos de sus pasiones. Ese día me encadené a mi ignorancia, a mi impulsividad, a mis debilidades humanas. Ese día me enamoré. Sólo me enamoré. Decir que amé, sería una mentira colosal. Aflojé las ideas como tuercas.

Siempre he querido ser recordado. El cementerio está lleno de valientes… y la memoria también. “Nos han robado hasta el miedo’’ decía una pancarta. Por eso no fuimos valientes. Ciertamente en la calle yo no temía, éramos muchos, yo era una gota del río humano (me convencí de ser muy importante, por eso de los granitos de arena que se suman). No tenía miedo, no tuve que superarlo…No fui valiente. Por unas horas dejé de pensar. Fui víctima de mi inocencia, de mi credulidad y de mis sentimientos.

Venezuela fue mi Julieta. Ante mi falta visión cambié mi sentido. Decidí vivir de, por y para ella… porque me convenía. Y es que a Romeo lo adoran. Tomé el dolor como excusa de mi locura, y decidí sumergirme en la perdición. La irracionalidad dominó mi cuerpo y mi alma. Por unas horas me convertí en bestia… por unas horas que ahora durarán mucho. Un absurdo. La admiración y el deseo de los extremos son peligrosos. El amar con locura, el luchar sin temor… el actuar sin razón.

Fui un falso y cobarde héroe enamorado, en una canoa cuyo paradero depende del viento y la corriente. Sin un destino definido, sin un camino definido… con una amada que no supe amar. Por unas horas dejé de pensar. Y ahora que pienso me declaro miserable.

Valeria Farrés

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